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6 de abril de 2013

Día 14. 27 de Marzo. Regresamos a casa.

A las ocho de la tarde del día 26 nos está esperando nuestra guía en el hotel. El "chico de las maletas" baja todos los bultos mientras nosotros saldamos la cuenta del hotel (nos hemos llevado un mapa de Beijing de recuerdo que vale 10 yuanes). Nos subimos por última vez a un coche que nos llevará hasta el aeropuerto donde cogeremos el vuelo de vuelta a casa. La guía nos acompañará hasta la puerta de embarque y hará de intérprete por el camino en caso de ser necesario. Hoy está amable y casi cariñosa con nosotros. En fin, un poco tarde, pero más vale tarde que nunca...

En el aeropuerto lo primero que hacemos es envolver las maletas en celofán. No es una medida especialmente segura, pero nos entregan por cada maleta un justificante de haberlas envuelto, por lo que si al llegar a España alguna de ellas está abierta, podremos indicárselo a la Policía y acreditar que en Beijing las envolvimos por precaución, así evitamos líos. Nos ponemos a la cola junto a otras personas que están esperando para lo mismo y mientras tanto observamos el proceso. Hay tres personas trabajando allí: una señorita que va cobrando a la gente mientras dos chicos se encargan de despachar las maletas. Uno las va colocando en una peana y guiando el celofán que dispensa una máquina con gran destreza mientras que el otro coloca cintas de embalar alrededor de las maletas ya precintadas ayudándose de otra máquina. Ambos chicos están muy fuertes, pues manejan los diferentes bultos (de gran peso todos ellos) con una soltura que llama la atención poderosamente...

Mientras esperamos, sucede una escena curiosa: alguien ha traído una bicicleta para embalar. ¿Cómo se embala algo tan irregular? En España habría sido un "sentimos no poder ayudarle", pero esto es China. Aquí todo es posible. Jugándose el tipo, los dos chicos insertan como pueden la bicicleta en la plataforma de embalado y van guiando el celofán en una maniobra no exenta de riesgo. Ver la bici dando vueltas en la plataforma y a uno de los chicos esquivándola como puede mientras hace equilibrios en un borde de metal junto a la máquina es todo un espectáculo. El resultado final es que la bici queda envuelta en precinto como cualquier otro bulto, aunque con una de las ruedas rotas (es de plástico y no ha soportado la tensión del celofán...). Bueno, al menos se la puede llevar...

De ahí nos dirigimos al mostrador de facturación. En él nos está esperando nuestra querida amiga S. con su hija. Tiene cara de seguir mala y está a punto de echarse a llorar. Nos va contando todas las peripecias de esta semana y media. Las ha pasado canutas y estando sola, lo que es aún peor. Intentamos calmarla explicándola que ya estamos juntos y ya ha pasado todo, que ahora se puede apoyar en nosotros y que vamos a ayudarla en todo lo que necesite hasta que esté con su familia de vuelta. Está demacrada, ha adelgazado varios kilos y parece al límite de sus fuerzas... Su hija es un bombón, pero también ha estado malita y además sólo quiere estar en brazos de su madre, sin entender que ella ya no puede ni con su alma... Pobrecita. Hasta ha contratado los servicios de un chico del aeropuerto para que la ayude con las maletas y no tener que hacer colas ni esperar en los controles, de lo cansada que se encuentra. Ánimo, ya queda menos...

Facturamos las maletas sin problemas pese a estar todas ellas pasadas de peso y nos dan nuestras tarjetas de embarque. Ya nos sentimos más cerquita de casa, aunque tenemos dudas sobre cómo van a ser las siguientes doce horas y media que dura el vuelo... ¿LY estará preparada para un vuelo así? ¿Cómo lo llevará? ¿Y nosotros?

Seguimos andando hasta llegar al punto en el que nos separamos definitivamente de nuestra guía. La damos las gracias, el sobre con la propina "voluntaria" que la ECAI nos indicaba en sus instrucciones y nos despedimos de ella para, posiblemente, no volver a verla nunca. A partir de aquí estamos solos. Bueno, solos pero con nuestra amiga S. y su simpático ayudante, que al final acaba ayudándonos a todos. Por el camino (él nos va guiando por el aeropuerto) charlo un poco con él. Entiende bastante bien el inglés y podemos comunicarnos de forma razonable. Acabo dándole unos yuanes de propina adicionales a lo que S. le paga por sus servicios, pues ha resultado de gran ayuda y nos ha permitido acceder por la puerta "VIP" sin hacer colas... ¡Hasta hemos pasado por una puerta que ponía "acceso para diplomáticos"! Jo, qué gusto dan estas cosas cuando ya estás con ganas de llegar...

Esperamos al fin en la puerta de embarque, con los nervios a flor de piel. S. nos cuenta cómo ha sido su odisea y la verdad es que es espeluznante. Esta mujer se ha ganado a pulso el título de madre tras aguantar carros y carretas durante una semana y media, luchando contra la fiebre, el agotamiento y tener que lidiar con una peque bastante más movida que LY...

Nos llaman a embarcar. El avión está a pie de pista, por lo que nos llevarán en autobús. Por el camino, S. se marea y nos dice que la ayudemos, que está muy mareada y teme caerse... ¡Vaya panorama! Tenemos serias dudas de cómo va a aguantar el vuelo esta mujer que está verdaderamente al borde de sus fuerzas...

Al llegar al avión, Susana se queda con LY abajo mientras ayudo a S. a subir (que sigue mareada y hay que acceder al avión por la escalerilla). Cuando la dejo con las azafatas vuelvo a por Susana que ya está subiendo las escaleras. Estamos al fin en el avión, que por cierto parece más pequeño que el de la ida... ¿será posible?



Cuando entramos al avión, nuestras sospechas se confirman: tanto el de la ida como el de regreso son Airbus A330, pero el de ida era de la serie 300 y el de vuelta es más antiguo, de la serie 200. ¿Diferencias? En el de ida nos sobraban unos centímetros a ambos lados del asiento que nos permitían cambiar de postura y la cuna de viaje soportaba 10 kg (suficientes para LY, que pesa 9.6 kg), mientras que en este nos quedamos encajados en el asiento (rozamos por ambos lados al sentarnos) y la cuna no soporta más de 9 kg, por lo que nos tocará llevar a LY en brazos todo el vuelo. Uff... esto promete.

El despegue se realiza de forma suave y progresiva. No sabemos si por la serie de avión o por qué pero el ascenso lo está realizando de una forma mucho más gradual que en España, por lo que la cabeza no se resiente tanto y la presión en la cabina se va adaptando de forma suave. ¡Ya estamos volando! Volvemos a casa... LY ha llevado muy bien el despegue, gracias al Chupachups que le ha dado su madre (a mí me ha dado otro, jejeje...). De momento todo va bien. Me acerco a ver a S. tan pronto estamos volando para ver cómo lo lleva. Ella tiene el mismo problema que nosotros con la cuna, pero encima se ha sentado al lado suyo un chino bastante guarrete que la está incomodando mucho. Además, S. no habla inglés y las azafatas no la entienden. Me ofrezco de traductor, conseguimos explicarle a las azafatas todo lo que necesitaba que supieran y le explico a S. que ya no está sola, que estamos para ayudar en lo que necesite, que no debe preocuparse... Lo ha hecho muy bien y ha sido muy valiente. Lo peor ya ha pasado. De repente, rompe a llorar. Toda la tensión acumulada de estos días tiene que salir por algún lado y explota en el momento en que se siente segura por primera vez, cuando ve que por fin ha logrado subir al avión que la lleva de vuelta a España y con gente cerca que la va a ayudar... Pobre mujer. Me parte el alma verla así. La abrazo para consolarla un poco y cuando finalmente se recompone, la indico dónde estamos sentados para que pueda buscarnos si necesita algo...

Vuelvo a mi asiento y la verdad es que tanto Susana como yo nos encontramos bastante cansados, así que lo mejor será que intentemos dormir. ¡Ja!, me digo para mis adentros... Dormir en un avión. Lo que me faltaba por imaginar... Pues sí. El cansancio también ha hecho mella en nosotros y acabo durmiendo casi cinco horas del tirón con LY en mis brazos. Nos dormimos juntos justo después de tomar algo de cena (arroz con no-se-qué y una salsa rara que estaba bastante decente) y cuando nos despertamos ya ha pasado casi la mitad del viaje. ¡Si ni siquiera me he enterado de las turbulencias que hemos tenido! Susana decía que el avión se movía como si fuera el tren... Pues mira, genial, mejor así.

El resto del vuelo transcurre con normalidad, aunque se hace realmente eterno. Doce horas y media de viaje es demasiado incluso para gente que no le da miedo el avión... Por en medio, hablamos un par de veces con S. (que ha cambiado de asientos a la parte trasera del avión porque no soportaba al chino de su fila, su hija no dejaba de llorar y comenzaba a incomodar a la gente de alrededor y además en la parte trasera puede tenerla tumbada usando dos asientos...) y con O., un chico que conocimos en la cola de embarque que también es de Alicante. Es un joven emprendedor que tiene varias empresas de importación y exportación con China: exporta vino de Rioja e importa móviles y fuegos artificiales... Un chico muy majete con el que compartimos algunos de los detalles que más nos han llamado la atención de nuestra experiencia asiática y que nos cuenta también las cosas que le sorprenden aún a él.

Llegamos por fin al momento de aterrizar en Barajas. Como ya preveíamos, el aterrizaje una vez más es muy suave. Ya estamos en territorio español. ¡¡YUJUUUU!! Lo hemos logrado.

El avión rueda durante veinte minutos por la pista hasta llegar a la zona donde debemos desembarcar. ¡Casi llegamos a creer que el piloto se había perdido en el aeropuerto! Descendemos de la máquina voladora infernal en la que hemos estado más de doce horas con ganas de estirar las piernas y, sobre todo, con ganas de regresar a nuestra querida Alicante y ver a la familia y los amigos. Ayudamos a S. con la nena y el carro mientras nos dirigimos a la cinta donde debemos recoger las maletas, que tardan en salir casi una hora. S. se encuentra algo mejor, aunque la nena no ha dejado de llorar durante prácticamente todo el vuelo y ha crispado algo los nervios de su madre. Normal. Al fin salen nuestras maletas de la cinta y nos dirigimos a la salida. Allí, S. se encuentra con su familia que la está esperando. Nos despedimos entre lágrimas (una vez más se ha venido abajo al sentirse a salvo con su gente) y con la promesa de reencontrarnos en breve. Vive relativamente cerca, así que esperamos que podamos juntarnos de cuando en cuando...

Cogemos un taxi para ir a la estación de tren. Aunque tenemos el tren de vuelta a las 9:20, vamos a ver si tenemos suerte y podemos coger el anterior para llegar a casa pronto. El taxista conduce a una velocidad casi temeraria (140 km/h en zona de 80...) sin haberle dicho nada nosotros, pero no rechistamos: nos viene bien para intentar cambiar el tren... Cuando al fin llegamos a Atocha, el taxista nos cuenta una milonga de tasas de eurotaxi, bultos, equipaje y no-se-qué para acabar cobrándonos 50 euros por la carrera en lugar de los 30 que marcaba el taxímetro. Ya nos han pegado el primer clavo, síntoma inequívoco de que hemos llegado a España... Susana comienza a reprochárselo, pues a ella le dijeron hace unas semanas que más de 30 euros sería un robo y así se lo hace saber al taxista, pero ni tenemos tiempo ni ganas de discutir, así que le soltamos los euros y le despedimos con un "que tenga Ud. un buen día" que esperamos suene a otra cosa mientras nos dirigimos a la zona de cambio de billetes.

En la ventanilla de "Salida inmediata" me cambian los billetes. El chico me indica que aunque vamos algo justos de tiempo no vamos a tener problema en coger el tren y que además tenemos suerte: el resto de trenes con dirección a Alicante para hoy van llenos. No hay billetes. ¡Claro! ¡Si mañana es Jueves Santo!

Pago con la tarjeta el importe del cambio de billetes y corro con Susana hacia el control de acceso. La guardia de seguridad nos detiene y nos indica que sólo tenemos un billete. ¿¿¿COMOOOOO??? Pues sí. El chico de la ventanilla se ha equivocado y sólo ha cambiado un billete. Salgo disparado corriendo a lo Carl Lewis mientras pienso que como perdamos este tren y haya vendido los billetes del de las 9:20 nos quedamos en Madrid y pueden rodar cabezas. Llego a la ventanilla, se lo explico, me ofrece mil excusas mientras me hace el cambio, pago y salgo de nuevo corriendo sin mirar siquiera el vagón asignado o si viajamos juntos o no. Pasamos el control deprisa y corriendo y accedemos al fin al andén.

El tren está a punto de salir, así que aunque no hemos llegado a nuestro vagón (que por cierto nos ha puesto separados... vagones uno y tres...), nos subimos por miedo a que el tren se nos escape. Es subir y cerrarse las puertas. ¡Menos mal!

Arrastramos las maletas, el carro y a LY hasta el vagón restaurante donde tomamos algo de aliento... Estoy sin resuello y seguramente con un subidón de tensión tremendo, por culpa del estrés que nos ha generado el inútil de la ventanilla de venta de billetes. Spain is different. Realmente añoro la eficiencia china para estas cosas...

Cuando pasa el revisor le explicamos lo ocurrido y si sería posible viajar juntos. Comienza poniendo una cara de fastidio, pero cuando le contamos toda la peripecia se apiada de nosotros y nos proporciona asientos contiguos en el siguiente vagón. Y encima, mientras esperamos, aparece O. sonriente... ¡Viajamos en el mismo tren! ¡Qué alegría! Se ofrece a ayudarnos a llevar las maletas hasta nuestro vagón mientras le contamos toda la historia. Él casi pierde el tren pese a haber salido bastante antes que nosotros del aeropuerto, así que no se explica cómo hemos conseguido cogerlo. En cualquier caso, charlamos un rato con él y quedamos para hablar un ratillo después, cuando nos hayamos serenado de la subida de adrenalina...

El viaje en tren es fantástico y se nos hace hasta corto. ¡Normal, después de doce horas y media de vuelo! LY lo lleva estupendamente y está con cara curiosidad, esperando la llegada a casa:


Durante el trayecto charlamos con O. y nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Me da una tarjeta de visita suya, de otra empresa que tiene creada en Alicante (¡y ya son cinco! Desde luego este chico no pierde el tiempo...) y nos despedimos esperando volver a vernos en el futuro.

Hablamos con la familia, mandamos whatsapps a los amigos... ¡estamos llegando! Tenemos preparada la bandera de China que le regalaron a LY en Tian'anmen para que se la reconozca al bajar del tren. ¡Cuántas emociones acumuladas! Las ganas por reencontrarnos con familia y amigos son enormes...

El tren llega finalmente a Alicante y podemos ver por las ventanillas a las abuelas buscándonos desesperadamente. Intentamos hacer que nos vean, pero los cristales deben ser ahumados y no se ve nada desde el exterior, así que pasamos de las maletas, de las bolsas y del carrito y decidimos que este es el momento de la familia. Nos vamos los tres a la puerta del tren y... allí están. Lo primero que vemos aparte de las abuelas es a parte de nuestra familia del corazón que ha venido con una pancarta enorme a recibirnos:

 
Las abuelas se vuelven locas con la nena: no pueden dejar de llorar y de comérsela a besos:





 
Han venido a recibirnos todos los que han podido (pensando encima que es un día laborable a media mañana...). ¡Si ha habido gente que incluso se ha "escapado" del trabajo en el rato del almuerzo o dejando reuniones a medias! Gracias, gracias a todos por este maravilloso recibimiento:





Nuestras caras son ya de felicidad plena, de tranquilidad, de relax. Atrás han quedado las tensiones, la espera, las dudas, la incertidumbre. Hemos llegado a casa con nuestra peque, que además es un bombón y se lanza a los brazos de todo el mundo, haciendo las delicias de nuestra familia y amigos. Intentamos estar con todos a la vez y es imposible, pero les emplazamos a todos para irnos viendo durante los próximos días. Ahora necesitamos descansar y adaptarnos al nuevo ritmo, que hemos atravesado siete husos horarios y esto nos va a pasar factura a todos, pero en especial a la peque.


 
Nuestro viaje concluye aquí, pero no la aventura de ser padres, que no ha hecho más que comenzar. Este diario de viaje da paso a nuevas entradas con nuestro nuevo día a día, nuestras experiencias tras la adopción. No queremos quedarnos solo en el preadoptivo, en la espera o en el viaje. Sabemos que hay muchas familias al otro lado que quieren saber qué ocurre después, qué pasa cuando ya está la peque en casa, qué ocurre en nuestras vidas y qué se siente. Intentaremos dar respuesta a todas esas cuestiones en próximas entradas. Tenemos una deuda pendiente con todos los que nos habéis estado apoyando durante este proceso y no podemos fallaros ahora, así que con la frecuencia que LY nos permita iremos contándoos las cosas que nos vengan a la cabeza sobre o que viene después, lo prometemos. Solo nos queda ya agradeceros de corazón a todos vuestro apoyo. A los que estuvisteis despidiéndonos el día que partimos hacia Madrid, a los que nos recibisteis el día de vuelta, a los que no pudisteis venir ninguno de los dos días porque trabajabais pero estabais con nosotros de corazón y a los que nos leéis y nos habéis dejado comentarios de apoyo de cuando en cuando. A todos vosotros, nuestra familia -tanto biológica como del corazón- MIL GRACIAS. Os queremos muchísimo y sin vuestro apoyo el proceso hubiera sido aún más duro de lo que ya lo ha sido. Nunca podremos devolveros todo lo que nos habéis ofrecido con el mayor cariño del mundo. Sois fantásticos. Gracias por hacer que LY esté hoy durmiendo en casa a nuestro lado con su cara dulce y tierna. Gracias por hacer nuestro sueño realidad y acompañarnos durante el mismo. Gracias. La cuna ya no está vacía. Somos, al fin, padres.

31 de marzo de 2013

Día 12. 25 de Marzo. Visado para LY y visita a Tian’anmen.

Esta mañana ha comenzado algo diferente a las demás. Por primera vez durante estos días me he separado a la hora del desayuno de Susana y LY para acercarme con nuestra guía de adopción a tramitar la solicitud del visado para la salida de China y entrada en España de LY.

Me he sentido muy raro yendo sólo en el autobús. Durante los tres cuartos de hora que ha durado la escapada he echado mucho de menos a mis tesoros... En fin, por suerte ha sido poco tiempo.

Una vez realizados los trámites consulares, la guía se ha marchado con la otra familia a hacer una excursión programada al Palacio de Verano, residencia estival del Emperador. Nosotros tenemos otros planes: si LY se encuentra bien, nos acercaremos con un taxi a Tian'anmen. Allí puede que nos encontremos con nuestra amiga murciana S. y su encantadora guía y quizás les acompañemos un ratito...

Tras recoger a Susana y a LY en el hotel, pedimos un taxi en recepción y le explicamos al botones que queremos ir a Tian'anmen para que se lo diga al taxista. Dicho y hecho. En menos de dos euros y medio estamos plantados en el acceso al recinto de la Ciudad Prohibida que está frente a la plaza de Tian'anmen, con su monumento a Mao Zedong:


 


Los guardias del Partido que hay a la entrada mantienen un aspecto serio que verdaderamente impone, pero este halo de seriedad se pierde en parte al acceder al recinto, con cientos de vendedores ambulantes con mil cachivaches a la venta: desde sombreritos ridículos hasta libros de recuerdo de Tian'anmen y la Ciudad Prohibida. Te persiguen en cuanto te ven extranjero con ánimo de adelantarse al resto de sus competidores y conseguir ser ellos los que te vendan la baratija... Un poco agobiante, la verdad. Menos mal que el "bù shi, xiexie" (no, gracias) dicho serio acaba funcionando en la mayoría de los casos y te dejan en paz.

Remoloneamos un poco por el recinto al cual hemos accedido y compramos algún recuerdo en uno de los puestos ambulantes (regateando, cómo no, hasta que en un perfecto inglés me suelta que le estoy "ofendiendo" con lo que le ofrezco...) hasta que de repente nos llama la atención una pequeña aglomeración de gente alrededor de algo parecido a una pista de deporte. Nos acercamos con curiosidad y observamos que se está produciendo el cambio de guardia. El grupo de militares salientes ha dejado sus zapatos y botas perfectamente alineados en una zona concreta (en la foto frente a la caseta roja, a su izquierda) y realizan la maniobra de salida de forma sincronizada y con aire marcial:





Mientras sacamos unas fotos y videos de este acto militar, una ancianita se acerca a LY y le hace entrega de una banderita de plástico con la bandera china, marchándose inmediatamente sin mediar palabra. Desconocemos el motivo por el cual lo ha hecho, pero nos genera algo de inquietud: podría tratarse únicamente de que la nena le ha caído en gracia y le ha regalado la banderita o bien, pensando mal, podrían estar marcándonos para gente menos bienintencionada como "turistas atracables"... En fin, que nos genera un cierto nerviosismo y durante unos minutos nos quedamos indecisos cerca del puesto de guardia hasta decidir si nos marchamos o seguimos la visita. Finalmente y vista la cantidad de guardia que ronda el lugar, decidimos continuar el tour pero llevando especial cuidado y atención a LY y a nuestras pertenencias...

Unos metros más adelante hay un cartel con un plano de Tian'anmen que nos sirve para ubicarnos:

 
Según el plano, hemos entrado cruzando el Golden Bridge para salvar el foso que protege la Ciudad Prohibida. Tras pasar por la puerta de Tian'anmen (donde estaba la imagen de Mao del principio), hemos accedido a Duanmen, donde hemos visto el cambio de guardia. Por tanto, frente a nosotros debe estar la entrada a la Ciudad Prohibida. Bueno, pues ya que estamos aquí, vamos a verla ¿no?

Nos acercamos hasta una verja metálica que nos impide el acceso a la puerta de entrada de la Ciudad Prohibida. En esta verja hay un cartel que reza "Abierto todos los días del año" y un horario:

 
Estamos dentro del horario, pero la zona de compra de tickets se encuentra cerrada, la verja que nos impide el paso instalada y no hay nadie entrando o saliendo por la puerta... ¡Qué raro! Vemos a una chica joven preguntando a un señor de mantenimiento y, como suponemos que está haciéndose la misma pregunta que nosotros, la interrogamos por el tema. Con cara algo tristona nos indica que hoy es festivo aquí y que por tanto está cerrado. ¡Pues vaya con el abierto "todos los días del año"! Esto es como un 24 horas que cierra por las noches... En fin, nos conformaremos con sacarnos unas fotos de recuerdo frente a la puerta de acceso:


 
Decidimos que ya no hay mucho más para ver por aquí (y que seguimos algo inquietos con el tema de la banderita, que Susana se había planteado hasta tirarla a la basura hasta que la he hecho notar que podría ser de muy mala educación y sentarles muy mal que extranjeros arrojen su bandera a la papelera...), así que nos dirigimos al exterior para visitar la ignominiosa Plaza de Tian'anmen, que está cruzando la avenida por la que hemos entrado.

Al salir, vemos más guardias del régimen haciendo una especie de "prácticas" con novatos o aspirantes a guardias, desfilando entre la gente marcando el paso:


Cruzamos la avenida por un paso subterráneo (con más gente vendiendo recuerdos en él), pasamos un control de seguridad y detector de metales y, por fin, accedemos a la plaza. No hay nada especial para ver en ella: la bandera nacional China ondea a la entrada, presidiendo la misma frente al "Monumento a los Héroes del Pueblo" (que no sabemos si se refieren a los manifestantes que murieron o a los militares que reprimieron la revuelta) y con el Mausoleo de Mao Zedong al fondo.

La plaza no nos llama especialmente la atención salvo por su inmenso tamaño y los hechos acaecidos en ella no nos generan tranquilidad alguna. Es una sensación parecida a la que vivimos en el bunker de Hitler en nuestro viaje por Polonia, una sensación algo asfixiante de sucesos horrendos del pasado, por lo que decidimos que no es el mejor lugar para estar con nuestra hija.

Abandonamos la plaza por un lateral, compramos unos cuantos recuerdos para familia y amigos en tiendas ubicadas frente a la plaza y nos encaminamos decididos a coger un taxi para regresar al hotel. No hemos podido ver a nuestra amiga S. porque tenían un horario concreto de visita y además sigue encontrándose mal, así que dejamos nuestro encuentro para otro momento.

Ya en el hotel comemos algo y, tras mandar unos mensajes, nos echamos la siesta. Por hoy hemos tenido suficientes emociones, así que cuando nos levantamos jugamos un rato con LY y acabamos el día cenando algo de comida basura del McDonalds, deseando llegar a España para comer un buen hervido o tortilla de patatas. Ya queda menos. Mañana, último día en China. ¡Qué ganas de volver de esta gran aventura!

29 de marzo de 2013

Día 11. 24 de Marzo. La Gran Muralla


Hoy toca visita a la Gran Muralla. Realmente tenemos mucha curiosidad por visitarla, pues parece que venir a China y no verla es como ir a Granada y no visitar la Alhambra... Hemos quedado a las nueve en el hall del hotel con la otra familia y nuestra guía para ir en un minibús hasta el paso que queremos visitar, a unos 60 Km de Beijing.
Salimos bastante puntuales y nos encaminamos a nuestra parada “obligatoria” de camino a la Gran Muralla: un taller donde se nos muestra cómo es el cultivo de las perlas de ostras de agua dulce, se puede ver a diferentes trabajadoras engarzándolas y hay un montón de mostradores con collares, pendientes, pulseras y joyas de todo tipo con perlas:


Nuestra guía está obligada a detenerse allí cada vez que hace la visita a la Gran Muralla, pues el partido se lo exige a las agencias de viajes. Parada mínima dentro de la tienda de quince minutos para que le sellen un cupón que acreditará ante la agencia de viajes que ha hecho los deberes con nosotros, intentando que compremos y consumamos en las tiendas del régimen… Cosas del comunismo.
Tras nuestra “visita” al taller, seguimos viaje hasta el paso de la Gran Muralla que vamos a visitar. La montaña aparece nevada en las zonas de umbría y la guía nos comenta que el pasado 16 de Marzo nevó en Beijing y que aún hay zonas en las que la nieve aguanta. Me temo que va a hacer fresquito, jejeje…
Llegamos con el autobús a nuestro destino y al bajar ya podemos intuir la magnitud de esta obra colosal. Más de ocho mil kilómetros de muralla a todo lo largo y ancho de China gracias al esfuerzo de muchísimos esclavos y reos que se dejaron la vida intentando terminarla en un empeño de talla faraónica.
Con los pelos como escarpias, nos acercamos a la entrada. Pasamos por el detector de metales y rayos X (aquí son ya casi tan comunes como los McDonalds) y accedemos por fin a la puerta principal de entrada:
Una vez atravesamos la puerta vemos dos accesos con carteles que lanzan en chino y en inglés dos advertencias: “Entrance to climb the Great Wall” (entrada para “escalar” la Gran Muralla) y “If you have heart or brain disease, please climb the Great Wall according to your capabilities” (si Ud.tiene algún problema cerebral o de corazón, por favor, escale la Gran Muralla de acuerdo a sus capacidades). Vamos, que la subida debe ser de aúpa, ¿no creéis? Pues efectivamente: la pendiente y el desgaste de los escalones de la muralla, horadados durante milenios, dan verdadero pánico:

La guía, durante el trayecto, nos había comentado que Mao Zedong dijo "Quien no ha subido a la Gran Muralla no es un hombre de verdad". Lo bueno del asunto es que no indicó la altura a la que había que subir, así que… En cualquier caso, si me tengo que quedar en “medio gallina” no me importa, pero yo no subo ahí arriba ni de lejos:
 Nos sacamos unas cuantas fotos en la plataforma de acceso desde donde obtenemos una vista de los diferentes pasos y la subida a la montaña. El espectáculo es grandioso, pero no apto para gente de peso superior al pluma y con una niña a cuestas:

Decidimos subir un tramo únicamente, para que no se diga. Cuando pasamos a la zona llana del tramo, descubrimos los restos de otra curiosidad que nos contó la guía de camino: A las nueve de la noche de septiembre de 1999, se casaron a la vez mil parejas en esta muralla, cerrando otros tantos candados sobre los barrotes de los pasamanos y arrojando sus llaves a la montaña. Por un lado, el 9 simboliza para ellos el mayor número posible (por encima de él ya son combinaciones de números en los que el mayor de ellos siempre será el 9), por lo que hacerlo en la hora 9 del mes 9 del 99 era muy especial. Por otro lado, al cerrar los candados y arrojar las llaves simbolizaban que su amor sería irrompible, pues para poder separarse tendrían que encontrar la llave que abría su candado, lo que evidentemente sería imposible. Aquí vemos uno de ellos de muestra:
Cuando alcanzamos el paso que nos habíamos marcado como objetivo nos damos cuenta de que seguir ascendiendo es absurdo. Por un lado hace viento y es un viento frío de mil demonios por culpa de la nieve de la montaña. Esto a LY no le viene nada bien para su catarro (¡ni a nosotros!). Por otro, bajar con una niña en una bandolera es peligroso, pues los escalones son irregulares y están muy desgastados. Además, nos encontramos de forma casual con nuestra querida amiga S. y su guía. Ya han llegado también a Beijing y nos juntamos un ratito. Ella lo está pasando mal estos días por culpa de fiebres y catarros varios, así que no la conviene tampoco estar aquí mucho rato.
Descendemos juntos hacia la zona de compras mientras charlamos animadamente y quedamos en intentar vernos estos días en Beijing. Nos despedimos y mientras ella se vuelve con su guía nosotros nos quedamos revisando los diferentes puestos para turistas que hay en la zona de tiendas. Sí, lo sabemos, son para “guiris”, pero… ¡estamos en la Gran Muralla! Si no lo compramos aquí, ¿dónde lo vamos a comprar?
En estas estamos cuando de repente nos llama muchísimo la atención un artista (no tiene otro nombre) que realiza grabados con la técnica del puntillismo sobre granito. Lo habíamos visto hecho con ordenador y láser, pero este hombre… ¡lo hace a mano! Un pequeño cincel y un martillo es todo lo que necesita. Además, tiene un gran don de gentes, habla inglés y chapurrea el español. Cuando encima ve nuestros esfuerzos por hablar en chino se crea un feeling especial y nos entendemos a la perfección. Echamos un vistazo a sus obras, elegimos un par de ellas que nos han encantado y, tras regatear amistosamente, nos inscribe los nombres que le pedimos, la fecha de hoy y su firma particular en las piedras:
No tenemos ni idea de cómo vamos a llevar esto sin que se nos rompa porque además de frágil pesa una barbaridad, pero creo que merece la pena intentarlo…
Por fin, tras grabarle en video mientras esculpe los nombres en la piedra y sacarnos unas fotos con él, seguimos avanzando en la zona de tiendas en dirección a la salida.
Antes de terminar nuestra visita, nos detenemos en un pequeño templo que está ubicado a la entrada y que nos había llamado la atención. Se trata de un templo taoísta donde tienen un gran incensario a la entrada y un chico joven espera a los visitantes:

Algunos dirán que se trata de un “sacadineros” más de este gran negocio y realmente podría ser así, pero el chico que hay a la entrada habla inglés a la perfección y transmite una gran paz durante nuestra charla, así que nos dejamos llevar a ver qué pasa. Nos cuenta que, según sus creencias, realizan plegarias para proteger a seres queridos o sanar a personas enfermas. Nos invita a pasar al interior del templo y hablar con su maestro que se encuentra en un lateral del pequeño edificio. Nos miramos y decidimos entrar y conocerle.
El maestro se encuentra en una zona austera, en un lateral del templo. También transmite muchísima paz interior al hablar, pues habla con una voz queda y calmada. Aunque habla algo de inglés, su alumno nos va traduciendo lo que nos dice o nos pregunta. Al preguntarnos qué buscamos en el templo nos miramos. Ambos deseamos lo mismo y se lo decimos directamente: buscamos que nuestra pequeña, recién adoptada, tenga una vida larga y feliz. Ese es nuestro único deseo.
Nos pregunta por el nombre que va a tener la niña. Cuando se lo decimos y le comentamos que vamos a mantener también su nombre chino porque creemos que sus orígenes deben acompañarla siempre, que no queremos que olvide nunca quién es y de dónde viene y que respetamos su cultura y sus tradiciones se sorprenden y nos dan las gracias con una sinceridad que nos llega al alma. Nos dicen que somos buenas personas, que lo saben y que se lo transmitimos. Que rezarán diariamente por la pequeña LY durante un año entero para conseguir el favor de sus divinidades y la protección de nuestra hija.
Nos cuentan que viven de los donativos, así que es lo único que piden. Al preguntarle al alumno por la cuantía del mismo, nos piden menos de un yuan por día de plegaria. Una miseria en comparación con lo que nos ofrecen. Aceptamos y nos hacen entrega de dos cosas: una especie de colgante donde debemos inscribir el nombre de nuestra hija y su fecha de nacimiento y una bolsita en un sobre cerrado de plástico. El colgante es para dejarlo colgado en el templo donde se realizarán las plegarias. La bolsita, nos indican, debemos llevarla sin abrir hasta llegar a casa. Una vez allí, nos debemos lavar bien las manos, ir a la habitación de la nena y depositarlo cerca de la zona donde dormirá.
Nos levantamos dándole las gracias de forma reverencial al maestro y me indican que he de arrodillarme frente a la estatua de su divinidad a rezar. Me dicen que debo pedir en ese momento aquello que deseo para nuestra hija, la protección y la felicidad en su vida. Me arrodillo, cierro los ojos y mientras realizo mis peticiones suena tres veces el repique en un cuenco de metal. La paz mientras escucho los ecos de cada golpe en el cuenco inunda mi cuerpo, relajándome. Es una sensación nueva, profunda. Puede que sea la sugestión, el sitio, el momento emocional… no lo sé, pero salgo de allí casi lloroso y feliz de haber entrado. El alumno nos acompaña hasta la salida y se despide amigablemente de nosotros, diciéndonos que estará muy contento el día que nos vuelva a ver en el futuro, siendo él ya mayor y habiendo crecido nuestra hija feliz con nosotros. Mientras tanto, nos despide con una reverencia y el deseo de que tengamos un buen viaje de vuelta a nuestro país. Una experiencia realmente espectacular.
Regresamos a nuestro autobús felices, con nuestros regalos bajo el brazo, inundados de cultura china y de paz. Quizás nuestros improvisados compañeros de viaje no entiendan el motivo, pero nosotros lo sabemos y nos apretamos las manos mientras dejamos la Gran Muralla. Al final, ha resultado ser una visita muy bonita e intensa. Una experiencia altamente recomendable.
De aquí nos llevan a comer (tenemos la comida en un buffet cercano incluida en la excursión). El buffet, en realidad, es otra tienda del partido “camuflada”: para llegar hasta la zona de comer hay que atravesar un taller de artesanía donde se realizan jarrones chinos tradicionales y una zona posterior donde se venden de todos los tamaños, formas y colores. La comida, como era de esperar, bastante cutre. Pero a estas alturas ya no somos remilgados y comemos aquello que tiene un aspecto decente hasta calmar el hambre…
Volvemos al hotel en un viaje realmente insufrible: casi hora y media de autobús conduciendo al estilo chino (es decir, en plan suicida esquivando obstáculos) y pegando frenazos y acelerones en el atasco a la entrada a la ciudad de Beijing. Pese a todo sigue habiendo merecido la pena.
Nos echamos la siesta con LY en nuestra habitación y al despertarnos ya es de noche. Pensamos que podría venirnos bien volver a tomar algo de comida “occidental”, así que decido acercarme a un Pizza Hut. La guía nos había comentado por la mañana que cerca de nuestro hotel había uno, así que dicho y hecho. Bajo a recepción, pregunto en inglés por la localización del restaurante y, tras unas breves indicaciones y apuntarme el nombre de la calle donde se encuentra en una tarjeta del hotel (por si me pierdo), me dirijo hacia la zona indicada con paso decidido.
Voy caminando por una calle bastante ancha donde habíamos visto un pequeño parque con una estructura metálica al venir con el bus. Ahora se ha convertido en un improvisado escenario para la práctica del taichí: un par de altavoces con música relajante y un grupo totalmente heterogéneo de gente practicando taichí al unísono en mitad de la calle, a las nueve de la noche y con tres o cuatro grados de temperatura. China me sigue impactando y emocionando a cada paso que doy…
Unos metros después me para una chica por la calle. Tiene aspecto de universitaria (no llegará a los 27-28 años) y habla un inglés casi perfecto. Me dice que tiene hambre y que no tiene trabajo, por lo que me estaría muy agradecida si la pudiera ayudar a cenar hoy. Me deja estupefacto, pero saco 20 yuanes de la cartera y se los entrego sin dudar. Cuando se los guarda, me da las gracias y me dice que también necesita ir a su casa. Ahí ya veo que no vamos bien y la indico que me resulta imposible ayudarla más. Su respuesta ya me hace flipar: “¿Y no hay ninguna forma de solucionarlo?”, mientras sonríe de forma pícara… ¡Creo que acabo de toparme con una prostituta ambulante! La devuelvo la sonrisa indicándola que lo siento pero resulta absolutamente imposible y se despide dándome las gracias… Os aseguro que me costó muchísimo salir de mi asombro.
El puñetero Pizza Hut no aparece y ya me he recorrido toda la avenida. Llevo más de veinte minutos andando, he visto gente vestida de todas las formas imaginables (desde una mujer vestida  de Prada hasta un chico joven con sandalias, pantalón corto y sin calcetines (¡a tres grados!), me ha parado una prostituta ambulante y he pasado delante de gente haciendo taichí en plena calle... Empiezo a pensar que todo esto es un poco locura justo en el momento en el que veo una pizzería tailandesa. “Pues mira, esto es lo que hay” pienso para mis adentros, así que me meto en el edificio con algo de recelo. La planta baja está desierta salvo un banco que está abierto 24 horas (hay un oficinista medio dormido y dos guardias de seguridad custodiándole) y unas escaleras mecánicas. Subo por ellas y llego a la entreplanta, donde veo un restaurante. Entro en él suponiendo que sería el que se anunciaba fuera (parecía estar a esta altura), pero en la carta no hay ni rastro de pizzas y no hablan inglés…
Como hay más escaleras mecánicas, sigo subiendo. ¡Bingo! En la siguiente planta está la pizzería. En ella hay mucha luz, se ve todo bastante limpio y hay gente cenando, así que no debe estar tan mal. Pido unas pizzas y me dispongo a esperar. Mientras tanto, me han servido en la mesa donde espero un vaso de una bebida efervescente de color verde fluorescente. Evidentemente, ni se me ocurre probarla, que ya llevo demasiadas emociones fuertes últimamente…
Al cabo de una media hora de espera (¡!) veo salir de la cocina a todos los camareros y cocineros con tuppers. Se sientan en las mesas de los clientes y se ponen a cenar. No puede ser. Esto no puede estar ocurriendo. No, no, no… China es un país muuuy peculiar…
Al fin, casi cuarenta minutos después de pagar, me sirven el pedido. Lo recojo y vuelvo a toda prisa al hotel, que Susana debe estar flipando por lo que estoy tardando. De vuelta me interpela otra chica con el mismo cuento que la primera. Como ya he aprendido la lección la doy las gracias y rechazo su pregunta diciéndola que ya he estado con una compañera suya hoy. Fin del problema. Definitivamente esta es una de las noches más extrañas de mi vida…
Llego al hotel y me encierro en la habitación con Susana y LY para cenar. Qué alegría ver a mis dos preciosidades al fin. Creo que no me volveré a aventurar por aquí yo solo y de noche, que al final he acabado agobiándome un poco...
Después de la cena nos acostamos, pero yo no puedo dormir. Quizás sean las emociones de la salida nocturna, quizás la Pepsi que me he bebido durante la cena, pero no consigo conciliar el sueño hasta las cinco de la mañana (y me tengo que levantar a las 7:15…). Mañana voy a estar que me caigo. En fin, menos mal que no tenemos más obligaciones que la de acompañar a la guía a primera hora al consulado a tramitar la legalización de las actas notariales de adopción. Ya quedan menos fuerzas, pero también va quedando menos tiempo para volver con nuestra gente… ¡qué ganas!



25 de marzo de 2013

Día 10. 23 de Marzo. Jinan – Beijing.

Esta noche ha sido muy extraña. Yo he dormido de tirón desde que nos acostamos con la nena (a eso de las nueve y media) hasta las tres y cuarto de la mañana, hora en la que me he levantado y, aprovechando que no tenía más sueño, he actualizado el diario de viaje. Susana en cambio no ha podido dormir hasta aproximadamente esa hora, pero cuando yo me he levantado, ella se ha quedado “roque” y ha dormido de tirón el resto de la noche. Supongo que el tute de estos días y el viaje de hoy a Beijing nos tiene algo trastocados a todos.


La mañana ha amanecido en Jinan como siempre: gris y fea. Desde luego, vivir aquí tiene que ser un suplicio (chino) si hace siempre este tiempo. Cuanto más salgo al extranjero, más me encanta mi precioso país. Con razón los turistas que vienen a pasar unos días en España acaban disfrutando aquí de su jubilación…



Habíamos puesto los despertadores a las 6:30, pero vista la nochecita que ha pasado la pobre Susana he decidido retrasarlos hasta las 7:30. Total, nosotros somos de hacer la maleta en media hora, así que creo que aún nos sobrará tiempo y todo.

Cuando termino de actualizar el diario aún me queda un ratito hasta que suenen los móviles para despertar a mis dos amores, así que me quedo embobado mirando por la ventana de la habitación. La vista de Jinan, pese a ser fea y gris, me resulta agradable. Aquí hemos conocido a nuestra hija, hemos vivido con ella estos primeros días y hemos sentido la emoción incontenible de desenredar nuestro hilo, que en este caso no es rojo sino verde. Este lugar siempre va a tener un sitio especial en mi corazón, así que por feo y sucio que sea, me da algo de pena no volver a verlo (o sí, ¿quién sabe? La vida da muchas vueltas…)

A la hora programada suena el despertador del móvil. Comienza nuestro día de regreso a Beijing. Empezamos como todas las mañanas: leche calentita para nuestro tesoro, que nada más levantarse nos regala su sonrisa, cambio de pañal y vestimenta y, tras asearnos todos, a desayunar al buffet del hotel. Hoy LY no tiene demasiada hambre (yo creo que nota nuestro nerviosismo por el viaje, las maletas, el cambio de hotel…) y está algo apagada, aunque poco a poco se irá recuperando a lo largo del día.

Subimos de nuevo a la habitación y terminamos de hacer las maletas. No me había equivocado con el pronóstico: acabamos casi media hora antes de que llegue el chico para recoger las maletas, jejeje… A las once menos diez se presenta el “maletero” para ayudarnos a bajar el (pesado) equipaje y nos encontramos en el hall a S., puesta a punto para subir al coche y dirigirnos a la estación. Recuerdo que la llamamos hace un par de días, por lo que imagino que debo saldar alguna cuenta en el hotel antes de irnos. Se lo comento a la guía y me acompaña para aclarar el tema. En el mostrador, me pregunta si hemos cogido el mapa de la habitación… ¡Pues claro! En España los mapas son cortesía del hotel para los visitantes, la contesto. Pues aquí no. Aquí cuestan 5 yuanes. ¡Con razón me ponían caras raras cada vez que les pedíamos un mapa en la recepción y nos lo llevábamos sin pagar! Pues nada, le digo que en total hemos cogido tres mapas (dos en la recepción y uno en la habitación), saldo la cuenta (que no llega a tres euros y medio, pero hay que ser honrados en la vida) y nos vamos al coche por fin.

De nuevo el trayecto del hotel a la estación acaba con un colocón de aúpa, pero al fin llegamos a la puerta (no sin antes esquivar varios coches, pegar cinco o seis frenazos, evitar un accidente que había en la carretera de salida de la autovía y estar a punto de atropellar a media docena de ciclistas y peatones). S. nos indica que va a comprar los tickets del tren y que pasemos mientras tanto el control de seguridad. Sale corriendo (para variar) y nos quedamos allí solos, con tres maletas, una niña, un carrito lleno hasta los topes y un mareo del catorce. Nos miramos con la cara de “ya estamos otra vez…” y nos resignamos a pasar el arco detector de metales y los rayos X. Pero esta vez la cosa cambia: la gente enseña algo a la guardia de seguridad para poder pasar. Como mi nivel de chino es entre nulo y elemental, me dirijo en inglés a la señorita para preguntarla si necesita ver nuestros pasaportes. Nos hace un gesto como diciendo que no y arrastro las maletas hasta donde ella se encuentra mientras decenas de chinos me esquivan para pasar antes (son expertos en el arte de colarse, por cierto). Cuando llego a su altura me para y me pide algo. Al ver que no la entiendo me lo enseña… ¡necesita el ticket del tren! Podéis imaginaros la de cosas que me pasaron por la cabeza relacionadas con nuestra guía (sí, todas malsonantes e irreproducibles aquí…). Cada vez me convenzo más de que no sabe nada de nada.

Puestas así las cosas, vuelvo a sacar las maletas de la cola, las dejo donde está Susana esperando y me voy a buscar a la guía (no sea que entre por otra entrada y nos quiera buscar dentro de la estación). La localizo en una máquina expendedora de tickets sacando el suyo. La cuento lo ocurrido y suelta únicamente un “ah, es verdad”. Ni disculpas ni explicaciones. Vamos, lo típico en ella…

Para sacar su ticket debe poner su DNI chino encima de un lector de códigos QR que, evidentemente, no funciona con nuestros pasaportes. Así que, pese a intentar ahorrar tiempo usando la maquinita de marras, le toca finalmente hacer una cola kilométrica con nuestros pasaportes para sacar los billetes… Pues mira hija, te esperamos juntos en el control de acceso, ¿OK? Uff, esta señora empieza a sacarme de mis casillas…

Conseguimos acceder a la estación, aunque paran a Susana en la entrada por llevar un cuchillo en la bolsa de mano. Es el que usamos para untar el pan y mondar las manzanas de LY, romo completamente y casi sin filo, así que tras sacar todo lo de la bolsa y mostrar que son cosas de bebé, nos dejan continuar. Llegamos a la zona de acceso y cambiamos a la niña (que ha hecho “sus cositas” y no huele a flores precisamente) delante de todo el mundo sin ningún tipo de pudor. La guía no parece estar muy de acuerdo, pero sinceramente nos da igual: el aseo está en la quinta puñeta y aquí no brillan por su limpieza precisamente, así que preferimos usar la sillita donde la llevamos sentada como cambiador improvisado. Finalmente y siguiendo indicaciones de S., dejo el pañal usado en el contenedor de “para reciclar”. Verás la sorpresa que se van a llevar cuando intenten reciclar el “eau de rosas” que hay dentro del paquete-regalo, verás…

Bajamos en el ascensor al andén y la guía se pone a buscar la zona donde parará nuestro vagón. Aquí solo tenemos dos minutos para subir a un tren de más de 24 vagones de largo, así que si nos equivocamos de sitio la hemos liado. La vemos preguntar a unos y a otros, mirar las marcas del suelo y comparar los números con los de nuestros billetes, discutir con un encargado de la estación… Vamos, hacer otra de las suyas del tipo “no-tengo-ni-idea-y-no-quiero-reconocerlo”. Me tiene negro. La advierto que si no para el vagón correcto delante nuestro, me da igual. No pienso recorrer otra vez varios vagones cargado con las maletas, así que me quedo de pie si es necesario…

Por suerte, en esta ocasión ha acertado y nuestro vagón para justo frente a nosotros. El tren bala está genial y los asientos son muy cómodos:





Susana se pone algo melancólica al pensar que estamos sacando a nuestra hija de su provincia natal y que probablemente tardará muchos años (si es que alguna vez lo hace) en volver a pisar esta tierra. No dejaba de darle vueltas al cambio de vida tan enorme que le supone a la peque la salida de su país, el viaje en tren, en avión, el cambio de alimentación, de costumbres, no ver nunca más a sus cuidadoras y la gente que la rodeó durante sus primeros meses de vida… y sin embargo observar que nos regala sus sonrisas de forma reiterada. Un bombón.

Nos traen unos regalitos (algo de bebida de naranja tipo Tang pero con imitación de pulpa de naranja por en medio, que por cierto le encantó a LY, y unas chucherías) y nos relajamos durante la hora y media de trayecto.

Al fin llegamos a Beijing, que hoy parece que tiene menos polución que cuando llegamos (¿o será que nos hemos acostumbrado ya? No sé, no sé…) y la guía nos dirige corriendo hacia las escaleras mecánicas. Definitivamente esta tía está mal de la cabeza. Nos negamos rotundamente a subir con tres maletas, un carro y una niña pequeña por las escaleras llenas de chinos y la obligamos a buscar el ascensor. Cuando por fin lo encuentra (que lo vio Susana) y estamos a punto de entrar, un grupo de chinos uniformados nos pegan la bronca: es sólo para trabajadores de la estación. El ascensor de usuarios está más adelante. Dios, no da una… Encima es una maleducada: soy yo el que tiene que acabar disculpándose, pues ella no dice ni media. En fin, de donde no hay no se puede sacar.

Subimos a la estación por el ascensor y la zona a la que acabamos accediendo no tiene salida. S. pregunta a una de las policías que le indica que debemos entrar a la estación (pasando por los controles de seguridad nuevamente) para luego volver a salir. Estos chinos están fatal, pero fatal fatal. Encima la guía se enzarza en una acalorada discusión con la policía. ¿Pero es que no ves que ya te ha dicho lo que hay y que no se va a saltar los controles por tu cara bonita? Madre mía, que calentito me voy poniendo por momentos…

Hacemos la cola de siempre, pasamos los controles (esta vez ni siquiera han preguntado por el cuchillo) y la guía se pone a buscar la salida. Vista su incompetencia absoluta para desenvolverse en situaciones desconocidas para ella (más tarde acabaría reconociendo que casi nunca ha tenido que venir a la estación de tren porque todo el mundo se desplaza en avión), me toca tomar la iniciativa, adelantarme unos metros y mirar el cartel donde pone claramente dónde se encuentran ubicadas las salidas. Se lo digo y ni contestar. “Uno dos y tres, cuatro cinco y seis, yo me calmaré, todos lo veréis” me repito cual mantra para evitar soltarla una barbaridad… Es una lástima que el viaje de nuestras vidas, un viaje que recordaremos para siempre, tenga también una parte algo más oscura debido a que nuestra guía no sabe moverse de forma adecuada y, lo que es peor, que no muestra especial interés por nosotros (tres días sin llamarnos siquiera en Jinan lo demuestran). No sé, creo que debería haber más sensibilidad en su actitud, pues nosotros ya tenemos las emociones a flor de piel por lo que estamos viviendo y todo lo magnificamos, incluso las cosas más insignificantes…

Salimos del laberinto de la estación de Beijing al fin y allí está esperándonos el chófer. Esta vez se trata de un tío muy majete, campechano el hombre, que sube las maletas haciendo el gesto de “¿pero aquí qué lleváis? ¿piedras o qué?” y bromea como si fuera a cargar también la maleta del chino que está a sus espaldas… Jejeje, me ha caído bien el hombrecillo. Arranca y nos dirigimos a nuestro hotel. A la pregunta de cuánto tardamos aproximadamente nos responde S. con un “40 minutos. Atasco. Hora punta”. Genial… nuevo colocón a la vista.

Llegamos al fin al hotel, ya con ganas de dejar las maletas y comer algo (son más de las tres de la tarde), pero por el camino S. ha llamado a Air China para intentar reservarnos la cuna de viaje para la vuelta y le han dicho que debemos ir en persona a las oficinas, así que me temo que hoy toca ayunar. Acompaño a Susana a la habitación, dejamos las maletas y ella se queda con LY (que también necesita comer y descansar) mientras yo me voy con nuestra guía a coger el metro de Beijing en hora punta, sin comer y medio mareado. Esto se pone interesante…



Bajo al hall del hotel y está esperándome algo impaciente. Echa a andar a su ritmo, pero ¡ay amiga! Mi mala leche española está a punto de hacer su entrada en escena. No sabes con quién te metes: un padre enfurecido puede resultar más letal que McGyver con una navaja suiza… Me pongo a andar con ella, siguiéndola el ritmo y cuando se vuelve para ver dónde me he quedado la adelanto y la saludo sonriente. Pega un respingo. No esperaba que la siguiera a su velocidad. “Sin maletas yo también sé andar rápido”, la respondo con la mejor de mis sonrisas. España 1 – China 0.

Compramos el billete de metro (2 yuanes) y nos dirigimos a coger la primera de las líneas. Yo pensaba que había visto gente apiñada en un metro en Madrid, pero nada que ver con lo que hay aquí. ¡La cantidad de chinos que pueden caber en un vagón bien apiñaditos, oye! Increíble.

El metro arranca y entramos en el primer túnel. El convoy va rapidísimo, pero por la ventana estoy viendo un spot de Cocacola… ¿Cómo? Pues sí: todo el túnel, TODO, está repleto de pantallas LCD que, sincronizadas de forma milimétrica, te muestran spots publicitarios incluso mientras viajas en metro. Si no hay doscientas pantallas por cada lado en cada túnel no hay ninguna. La de dinero que debe costar esto, señor…

Tras cambiar de línea, llegamos al fin a las oficinas de Air China en Beijing. Nos atienden enseguida (hay más de cuarenta o cincuenta mostradores y no hay cola, así que al coger el número en la máquina expendedora somos los siguientes) y hablamos con un chico jovencito que, de forma súper eficiente, resuelve todas las dudas y problemas que le presentamos. Al salir de allí ya sabemos dónde nos vamos a sentar en el avión, que tenemos reservada y garantizada la cuna de viaje para LY, que Susana y yo viajamos sentados juntos y que a LY le prepararán un menú especial para niños menores de dos años. Genial. Esto sí es eficacia.

Regresamos al hotel con el mismo metro pero algo más relajados ya. La guía se va a quedar finalmente en nuestro mismo hotel, pues hay un grupo de turistas franceses que viaja con la misma agencia que nosotros y ya han reservado habitación para su guía, por lo que al día siguiente irá más holgada de tiempo y no tendrá que madrugar mucho para estar a las nueve en el hall.

Subo al fin a la habitación. Son casi las seis de la tarde y no he comido nada, pero la verdad es que casi no tengo ya ni hambre. Susana le ha dado hace rato de comer a la peque y está durmiendo cual angelote. Yo me quedo esperando la llamada de S. para saber en qué habitación se alojará (por si necesitamos algo de ella), de forma que al sonar el teléfono pueda coger rápido y no nos despierte a LY.

Al cabo de un rato nos tocan a la puerta con los nudillos. Se trata de una familia del país vasco que ha adoptado en otra provincia y con los que coincidiremos estos días aquí en Beijing. Se presentan, charlamos un rato (¡qué gusto da poder hablar con alguien en tu idioma que te entiende a la perfección y está viviendo la misma aventura que tú!) y nos dicen que están a cuatro habitaciones de nosotros, así que quedamos en bajar luego juntos a comprar algo de agua y cenar.

Por la noche, compramos el agua y unas cuantas botellas del “zumo” de naranja que nos han dado en el tren y tanto ha gustado a LY y nos vamos a cenar al sitio más socorrido donde se puede ir con niños sin tener que deambular por una ciudad desconocida: un McDonalds cercano al hotel. ¡Lástima que no esté preparado para carritos! Subimos las escaleras llevando Susana a la peque en brazos y yo el carro con la compra en la cestilla.

Cenamos tranquilamente y nos volvemos al hotel, rendidos, para acostarnos con la peque. Estos días hemos estado haciendo colecho con LY, que realmente lo necesitaba pues la única forma de que se quedara calmada era durmiendo entre los dos y agarrándonos con sus pequeñas manitas, pero por la noche se mueve cual rabo de lagartija y no estamos descansando bien. Hoy hemos decidido, con todo el dolor de nuestro corazón, hacer algo intermedio: se dormirá entre nosotros y, una vez dormida, la pasaremos a la cuna. La jugada sale bien y la niña no se despierta, por lo que al fin, desde que nos la entregaron, conseguimos dormir la noche sin patadas en la espalda o movimientos extraños a las tantas de la mañana. Ya veremos mañana cuando se despierte y se vea en la cuna cómo reacciona, pero realmente lo necesitamos.

Mañana toca visita a la Gran Muralla. La verdad es que LY está ya mejor y tiene que ser impresionante, así que haremos caso omiso del casi seguro mareo que vamos a coger en el microbús y nos aventuraremos a verla. Pero eso será mañana… ¡A dormir!